Por Claudia Rafael / 30
de Agosto de 2013
ENTREVISTA CON JAVIER AUYERO:
LA VILLA ES UN CAMPO MINADO POR EL QUE LA GENTE
CAMINA
"Le metieron un tiro a mi hermano en Villa
Ceferina, ayer. Está en el hospital, está
bastante bien. Mañana no vengo". La frase de la
nena (volcada entre las primeras páginas del
libro casi como promesa de lo que vendrá)
resuena en el oído de la maestra, mientras toma
asistencia y es una radiografía de las
violencias. Que indefectiblemente confundirán si
se las mira aisladamente. Por eso es que Javier
Auyero, sociólogo, autor de varios libros sobre
marginalidad urbana, de paso por Argentina para
presentar “La violencia en los márgenes”, habló
-en esta entrevista con la Agencia de Noticias
Pelota de Trapo que compartimos- de cadenas. De
concatenación de la violencia.

-¿Cómo caracterizás espacios urbanos como los
que retratás en tu libro? ¿Coincidís con la
definición de que las villas son una suerte de
cárceles a cielo abierto?
-Empezamos el estudio con la idea de replicar el
estudio que habíamos hecho en Villa Inflamable.
Ahí habíamos visto esta idea del sufrimiento
ambiental que permeaba la vida de esta zona
relegada y que prácticamente definía lo que era
vivir allí. Quisimos replicarlo en un lugar
donde la fuente de contaminación no fuese tan
visible y nos acercamos a Arquitecto Tucci
(nombre ficticio con que llamaron a la localidad
del conurbano en que hicieron el trabajo) con
esa idea. Pero al poco tiempo, lo que nos
devolvían los chicos no eran tanto historias de
sufrimiento ambiental -que sí lo hay porque en
el dragado del riachuelo, la basura que se saca
termina siendo tirada en el asentamiento de la
zona, porque las plantas purificadoras de las
escuelas nunca funcionan y se llenan de
porquería, porque es un ambiente altamente
contaminado en general, porque el agua no se
puede tomar- pero lo que los chicos nos
devolvían eran historias de mucha violencia.
Violencia intrafamiliar, abuso de chicos,
violencia sexual, tanto en la calle como en el
hogar, y violencia comunitaria, vinculada al
tráfico de drogas o a los robos. No podría decir
que la violencia define en un 100 % la vida de
los pobres pero sí le pone una marca muy fuerte
a lo que es vivir en estos barrios altamente
segregados en donde la gente cada vez sale
menos. Y es así también por otras cuestiones: se
desplaza menos para el trabajo, trabaja más
cercanamente al barrio en el sector informal,
etc. Entonces, en más de un sentido se parece a
una cárcel porque la vida es muy riesgosa. Las
chances que uno tiene de ser herido o muerto en
esos barrios son mucho más altas que en un
barrio de clase media, simplemente porque las
tasas de homicidios son mucho más altas.
-¿Cuál es la construcción de identidad que
van generando estas historias cotidianas en los
chicos?
-Algo que nos desvela todavía es esta idea
de si es posible salir intacto de ese mundo. Si
las marcas que deja la constante y sostenida
violencia son o no son indelebles. Lo que los
demógrafos llaman el largo brazo de la infancia.
Cuánto queda de esas marcas, de ese estar
rodeado de violencia, de ese ver un muerto en la
calle cuando uno tiene 8 años, de estar asediado
en la casa por golpes o por intentos de abuso. Y
esto no quiere decir que todos los sectores
marginados sean a la manera de Feos, sucios y
malos, por nombrar una película. Esto le pone el
tono a la vida pública del barrio de manera que
todo el mundo sabe lo que está sucediendo.
Entonces, las marcas de identidad son muy
profundas y lo que hacen es que uno aprenda a
convivir con la violencia. Y no sólo a convivir,
sino que aprenda a utilizar la violencia para
resolver problemas de disciplinamiento para con
los hijos, discusiones con la pareja, para
resolver conflictos con un vecino. No estamos
diciendo que se trate de sectores que no la
condenen. Estoy diciendo que en un contexto de
una presencia muy intermitente, segmentada y muy
contradictoria del estado y en un contexto de
alta informalización y con alto tráfico de
drogas, la violencia aparece como una manera de
resolver conflictos. Y en ese sentido me parece
que ésa es la marca de identidad. Entendiendo
identidad por cómo la gente se entiende a sí
misma. Y entenderse a sí misma y ordenar
prácticas a partir de ese entendimiento está muy
marcada también por cómo es identificado por los
otros. Y el estigma que pesa sobre esos lugares
es muy fuerte.
-En tu investigación surge que el sueño de
los chicos a futuro es el de ser transa, policía
o gendarme…
-Sería sorprendente que en un contexto de alta
segregación, de alta relegación y de alta
violencia las aspiraciones que tengan los chicos
y las expectativas que tengan, que son dos cosas
distintas, no se ajusten a esa realidad. Chicos
que dicen “señorita, me va a ver en la
televisión cuando me maten por querer robar un
banco”; otros que plantean “yo quiero ser
gendarme porque son mejores que los policías” o
“quiero ser policía porque la tienen más fácil
que los gendarmes”. Marca que hay sectores
populares que han ajustado sus aspiraciones a
una realidad en donde la movilidad social
ascendente -que en este caso indica no sólo
salir hacia arriba sino salir hacia afuera de
ese lugar- está muy restringida. Sería
sorprendente que en un contexto de alta
vulnerabilidad, de alta desigualdad, de mucha
segregación la mayoría de los chicos siguiera
aspirando a ser médicos o abogados. Y siguiera
aspirando a la universidad. No es sorprendente
que la gente ajuste sus aspiraciones. Y eso es
lo que vemos. Al mismo tiempo desde la
sociología es interesante que el horizonte no
sólo sea ocupar un puesto en el sector informal,
sino que aparezca la figura del policía o del
gendarme de manera tan fuerte. Porque son
espacios militarizados y muy violentos. Habría
que ver si la figura del policía está
representando lo que uno imagina o está
representando una figura de cierta estabilidad
de trabajo pero fundamentalmente de cierto
acceso fácil a bienes de consumo que los
policías tienen en la mirada de los chicos. El
policía puede acceder a un celular de último
modelo o un iphone porque se lo saca a los
ladrones y puede acceder a otros bienes de
consumo porque le roba plata a los ladrones. Y
no es necesariamente siempre así pero hay un
principio sociológico: si la gente cree que algo
es real, es real en sus consecuencias. Entonces,
si los chicos creen que los policías tienen esos
accesos, es lógico que quieran ser policías.
Porque dicen: no hace falta mucha educación, se
tiene un arma, se tiene uniforme y se tiene un
iphone.
-¿Cómo sentís que juega el concepto de poder
en estos entramados?
-Creo que como todos los universos sociales,
están atravesados por redes de poder. Y en esto,
lo que juega la violencia es para resolver esos
conflictos de poder entre generaciones, padres
con hijos; poder entre géneros, el hombre sobre
la mujer pero también es la mujer sobre el
hombre; entre los transas o entre el transa y el
consumidor porque éste dejó de pagar; o entre el
consumidor convertido en pequeño transa y el
transa mayor. Son todas relaciones atravesadas
por el poder. Pero fijate que en todos los
ejemplos que te dí no estamos hablando de Fanon
y una violencia liberadora, de la lucha de esta
gente contra los ricos. Es violencia que están
perpetrando entre ellos.
-¿Cómo aparece en esa telaraña la idea de
cadenas de violencia?
-Nosotros vimos inductivamente que los
distintos tipos de violencia fueron
tradicionalmente conceptualizados de manera muy
separada. Entonces usamos la idea de cadena en
forma literal. La idea de concatenación. Lo que
nos aparecía un día en una nota de campo como
“un grupo de vecinos ataca la casa de un
borracho” era en realidad un ejemplo de
represalia, de retribución, porque ese borracho
el día anterior había intentado violar una
chiquita. Ese es un ejemplo muy claro de
represalia. Pero después hay un sinnúmero de
casos en los que uno ve concatenaciones más
complicadas. En donde la idea de una violencia
que ocurre en el hogar y una violencia que
ocurre afuera, se desvanece. Implícitamente en
nuestro análisis hay una desjerarquización de
las violencias. No decimos que la violencia que
ocurre en la calle –un robo y la herida que
conlleva- es más importante que sufrir los palos
de un marido alcohólico al interior del hogar.
Sino que justamente es poner las dos violencias
en un mismo plano para ver cómo operan.
-Como contrapartida ¿cómo ves que se va
armando la jerarquía de violencias según el rol
social?
-Creo que la violencia viene a reforzar
relaciones de poder que existen en el barrio. El
poronga pesado, por ser el transa de la zona,
puede aparecer como el vigilante, puede ser ex
policía, y puede ejercer la violencia para
disciplinar no sólo al interior de su hogar sino
también a sus vecinos. Entonces por supuesto que
en ese sentido la violencia no es fundante de
nuevas relaciones cada vez que aparece sino que
viene a reforzar relaciones existentes. Por eso
una madre sobre un hijo, un transa más pesado
que otro, un hombre sobre una mujer. En otro
sentido, sí puede ser fundante, como por
ejemplo, el caso de la feria en la Salada, donde
la violencia viene a establecer límites. En la
historia de la Salada hay mucha violencia
inicial, se crean roles particulares,
empresarios y especialistas en violencia vienen
a delimitar el territorio de la Salada. Vienen a
decir quién manda y quién no. Al principio hubo
mucha disputa pero hoy es un lugar más o menos
pacificado. Al menos, al interior. Hubo quienes
perdieron y se tuvieron que ir. Y hubo quienes
perdieron y se quedaron acatando a quienes
mandan. En la Salada hubo un sector que
monopolizó el ejercicio de la violencia. El
resto juega bajo sus reglas. Lo que uno ve es
una cierta pacificación como producto de ese
monopolio. El problema es que al pacificarse el
lugar, la feria se expande y crece. Ahora se
puede ir a comprar, es más seguro, crece el
volumen de operaciones y la mercancía que entra
y sale es más alta. Con lo cual los crímenes de
oportunidad, afuera del barrio, crecen. Porque
tenés una cantidad de chicos desempleados, mal
empleados, desintegrados, fuera de la escuela, a
los que se les presenta dos veces a la semana
oportunidades para el capitalismo de botín.
Porque es muy fácil hacerse de dinero si dos
veces por semana entra mucha gente con cash o
con mercadería. Porque la Salada logra controlar
la violencia al interior pero no afuera. Porque
afuera la debería controlar el estado y el
estado tiene una presencia muy intermitente,
selectiva y contradictoria en la zona.
-¿Hasta dónde llega la presencia del Estado
como parte de las cadenas de violencia?
-Una de las cosas que nosotros vimos en la
investigación es que la cadena de violencia se
concatena literalmente con las zonas más bajas
del estado. El estado es parte de la producción
de esta cadena de violencia porque fuerzas
policiales participan en el tráfico de drogas,
porque fuerzas policiales miran para otro lado
en el caso de violencia sexual o participan de
ésta (por ejemplo, policías comprando sexo oral
a adolescentes del barrio), porque policías
miran para otro lado cuando se denuncia
violencia doméstica, porque policías no aparecen
cuando hay violaciones en espacios públicos,
porque la gente no los llama. Y por qué los va a
llamar cuando los policías están haciendo “eso”
con las adolescentes del barrio. Me parece que
el estado en su corporización como fuerza
policial aparece en todos lados en la cadena de
violencia. La policía como bien nos decía una
vecina, siempre aparece tarde: “para juntar el
cuerpo cuando está muerto o aparece para cogerte
cuando te violaron”. Puede no ser así, aunque lo
que vimos en terreno daría con que sí lo es.
Pero, por otro lado, la gente cree que la
policía hace eso, entonces tiene una relación de
antagonismo, de indiferencia o de mucha sospecha
sobre la policía. Hace dos meses hubo un
allanamiento en la comisaría del lugar donde
encontraron droga dentro. Entonces, todo haría
pensar que la policía, al menos en el lugar,
funciona a la manera de una organización
mafiosa. ¿Qué quiere decir? Que crea el peligro,
y al mismo tiempo te ofrece protección. Esto, en
más de un sentido es una red de extorsión. Si yo
creo el peligro y a cambio de algo te ofrezco
que te protejo, eso es extorsión. Entonces, así
aparece el estado en la zona.
-Tus primeros trabajos sobre estos temas
arrancaron unos 15 años atrás ¿qué procesos de
deterioro se observan?
-Cuando en el 95 empecé mi trabajo en una
zona muy cercana a la que trabajamos ahora
estaba la preocupación por la inseguridad. La
gente hablaba de los chicos de la esquina que te
cobraban peaje para pasar. Pero no con la
intensidad y con las consecuencias letales con
las que la gente habla y vive ahora. Pero
además, cuando hace 15 años, yo pasaba mucho
tiempo haciendo entrevistas, historias de vida,
sobre cómo la gente resolvía sus problemas
cotidianos, había una institución que no
aparecía nunca. Y que era la cárcel. No aparecía
en los relatos. No era una institución, como es
la escuela, el hospital o la familia que
apareciera como organizadora de prácticas
cotidianas al interior de los sectores
populares. Y hoy sí aparece. Una tercera parte
de los chicos de grado con los que empezamos a
trabajar, tenía algún familiar cercano preso.
Pero no sólo. Sino que aparecen visitas a la
cárcel, familiares que acaban de salir de la
cárcel, aparecen familiares que acaban de entrar
a la cárcel. Por otro lado, hay ya una
generación y media en esos 15 años no han
entrado al mercado formal de trabajo. Sigue
siendo informalizado. En aquel momento en que
empecé se empezaban a ver los efectos más
profundos del neoliberalismo de expulsión y
estaban en pleno proceso de expulsión. Hoy ya
están afuera. Uno hoy no podría decir
responsablemente que el estado no está en la
zona. El estado está en todos lados. Está en el
hospital viejo. Está en la sala nueva. Está en
la escuela que se cae a pedazos pero sigue
estando. Está en la cooperativa de trabajo. Está
en la asignación por hijo. Está. A diferencia
del 95 en que uno no veía estado por ningún
lado. Y justamente la gente conseguía un
medicamento, conseguía comida, mediante el
puntero local. Hoy no podría decir que son zonas
abandonadas.
-¿Te genera la sensación de estar sentados
sobre una especie de polvorín? ¿O la desazón es
tal que no hay reacción?
-La idea de polvorín sería hablar de algo a
punto de estallar. Y yo creo que estalla todos
los días. No es que todos los días muere algo.
Pero no sería muy arriesgado pensar que o todos
los días muere alguien o todos los días le pegan
brutalmente a una mujer o todos los días
castigan brutalmente a un chico o todos los días
alguien se agarra en la calle de los pelos.
Entonces la idea de un polvorín que
eventualmente va a estallar, como imagen en
realidad no representa bien lo que efectivamente
está sucediendo. No es que está a punto de
estallar sino que es un campo minado sobre el
que la gente camina todos los días y todos los
días vuela algo por los aires. Vos hablabas de
desazón y el nuestro es un libro que no tiene
mucha luz al final del túnel. Sin embargo, creo
que los intentos más recientes de hacer de esta
violencia por parte de la misma gente de la zona
un objeto de lucha política o de organizarse
alrededor de episodios de violencia, harían
pensar que, a pesar del miedo que, como dicen
los vecinos paraliza, uno podría tener cierta
esperanza. Ahora que estoy en Argentina estuve
pensando en que una esperanza sería que se
genere algo parecido al movimiento de derechos
humanos. En un contexto de mucho temor, de mucha
fragmentación y que justamente hasta las
imágenes son parecidas. Y es algo que digo
mientras pienso en voz alta. La imagen de las
madres del barrio buscando a sus hijos perdidos,
consumidos por drogas, a la noche, que no saben
dónde están, con miedo de que alguien los mate…
ésa fue la imagen que me hizo pensar, si uno
quiere buscar y encontrar una luz al final del
túnel, puede estar en la posibilidad de un
movimiento moderado alrededor de la lucha de
derechos humanos.
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Imagen: Jorge Chango Contrera.
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